Una apuesta por la Unidad Nacional, por José Miguel Izquierdo

Nunca en la historia de Chile una coalición de centroderecha había obtenido más del 50% de los votos. El triunfo de Sebastián Piñera se explica porque los electores superaron el alineamiento en torno al eje autoritarismo/democracia, vigente durante los 90. Y es aun más significativo porque derrotó al candidato oficialista que postulaba la continuidad de un gobierno con más de 60% de aprobación y con 80% de apoyo a la Presidenta. El contexto auguraba la continuidad, pero las personas optaron por el cambio, seducidas por una oferta nueva, llena de optimismo, colores y un mensaje de esperanza que se tradujo, finalmente, en el llamado a un gobierno de unidad.

La elección de Piñera tiene un sitial en la historia, tal como ocurrió con Michelle Bachelet cuando se convirtió en la primera mujer Presidenta. Pero este carácter no es garantía de un buen gobierno ni de la satisfacción de las expectativas ciudadanas generadas por su campaña. Ahora el desafío de gobernar se resume con inusual simpleza: cumplir.

En el discurso con que recibió la elección, el Presidente electo destacó el primer valor de su liderazgo: la unidad. Asentando un nuevo eje de alineamiento electoral, lo que viene es construir la unidad nacional en base al trabajo en dos dimensiones fundamentales. En primer lugar, dando continuidad a la política de los acuerdos, para lo cual existe un espacio privilegiado. Tal como en los 90 la política giró en torno a los acuerdos sobre el rol del mercado, provocando el desplazamiento de los partidos de izquierda hacia posiciones de derecha, con este siglo inauguramos los acuerdos sobre el rol del Estado en la prestación de servicios, alcanzando la construcción de una red de protección social.

Basados en este consenso, podemos avanzar en consolidar y mejorar esa red, extendiéndola a otros grupos de clase media. Asimismo, la práctica de los acuerdos nos llevará a realizar los cambios que permitan inyectar nueva energía a los mercados, para volver a crecer al 6% o al 7%, lo cual es fundamental para lograr la meta de crear 200 mil empleos al año. Se puede y Piñera requiere el esfuerzo de todos para ello.

La unidad nacional apunta también a enfrentar un desafío mayor: la igualdad de oportunidades para todos. En este sentido, la construcción de la sociedad de las oportunidades, entendida como el único camino efectivo hacia el desarrollo, se impone como un imperativo desde la perspectiva liberal que Piñera imprimirá a su gestión. La meritocracia es un término atractivo en el discurso público, pero implica desafiar a las elites, porque serán ellas las que deberán aceptar el riesgo de que sus hijos dejen de formar parte de ese grupo de privilegiados, para ser reemplazados por quienes ascienden. Esa voluntad y arrojo para desafiar la forma en que las elites asignan poder, hasta ahora encerradas en procedimientos oscuros (que MEO calificó de “hediondos” se ha transformado en una condición para alcanzar el desarrollo. Piñera instalará la meritocracia en la selección de sus burócratas y como práctica en toda la sociedad.

Por último, el compromiso de Piñera de recuperar la cultura de hacer las cosas bien es mucho más que un eslogan, es el principio rector del respeto a la ciudadanía que le dio la dignidad de su cargo. No más EFE, no más Transantiago; no más de lo mismo. Si ese fue el clamor que se expresó con fuerza en estas elecciones, el desafío estará, entonces, en que la sociedad comprenda, sienta y valore la eficacia, el mérito, la unidad y las oportunidades como los instrumentos que permitieron cambiar la suerte de sus familias.

Fuente:

Fuente: La Tercera, 19 de enero de 2010.