Chile y el estancamiento poblacional: un primer análisis desde la perspectiva de la política exterior, por Roberto Ruiz P.

Roberto Ruiz . Abogado y Diplomático (Primer Secretario del Servicio Exterior de Chile). LL.M. en Derecho de la Universidad de Freiburg, Alemania. Investigador Instituto Democracia y Mercado. El autor agradece los aportes realizados por el Dr. Raul Sanhueza, abogado y Consejero del Servicio Exterior de Chile y al General en retiro y asesor del Ministerio de RR.EE. Javier Urbina, por los comentarios, visiones y análisis de algunas de las perspectivas abordadas en este trabajo.

Se autoriza su reproduccion citando al autor y la fuente. Si desea una copia en pdf escriba a contacto@democraciaymercado.cl

Los datos conocidos sobre crecimiento poblacional de Chile no son alentadores. Desde mediados de la década pasada y con un incremento de su población cercano a 1,8 niños nacidos por mujer, éste no cubre la tasa de reemplazo necesaria para alcanzar una estabilización demográfica. Al contrario, con apenas un aumento de 2 millones de habitantes en diez años, nuestro país aparece entre los que menos crecen en la región, acusando una tendencia de descenso de la natalidad y estancamiento demográfico con efectos de envejecimiento de su población.

Encaminado en la dirección de países desarrollados, el modelo de involución demográfica de Chile abre interrogantes no menores y en diversos ámbitos, partiendo por el retraso que anotan las políticas públicas para contrarrestarlo. Las medidas implementadas han privilegiado “impulsos secundarios” similares a los de países europeos, como el fortalecimiento de las políticas de salud, de género o incremento de salas cunas. Se trata de un puñado de medidas orientadas en la senda correcta, pero insatisfactorias y sin resultados efectivos en términos demográficos, ya que marginan una serie de instrumentos a los que debiera dársele espacio. Uno de ellos, sino el más importante, es la promoción primaria de incentivos hacia y dentro del núcleo familiar como el espacio vital y natural, aunque no único, del desarrollo de políticas de revitalización demográficas, que apunten a maximizar la calidad y la eficiencia económica de las políticas mencionadas (impulsos primarios).

En líneas gruesas, las medidas implementadas por el Estado se encauzan en la misma dirección adoptada por naciones desarrolladas (estímulos económicos), pero ante los magros resultados de éstos, lejos están aún de legitimarse como las correctas. Las tasas de natalidad en dichos países muestran resultados insatisfactorios, generando dudas de fondo sobre la viabilidad a los planes en ejecución.

Los efectos del decrecimiento poblacional en Chile serán transversales y comprometerán una serie de variables internas, pero también algunos de los énfasis de nuestra futura política exterior en el mediano y largo plazo, ya que a diferencia de Europa, nuestro proceso ocurre en un contexto regional con países que muestran un diferente desempeño demográfico. A ello hay que agregar la especificidad del caso chileno, marcado por una agudización de las diferencias poblacionales con sus vecinos, mala distribución poblacional interna, vulnerabilidad de regiones extremas, latencia de tensiones e históricas dificultades para articular una verdadera integración regional.

No debe olvidarse el escenario internacional en el cual ocurre este fenómeno. Al ser Chile un mercado pequeño, alejado de los grandes centros de poder, con un PIB regional menor al 10%, una población más estancada que la de la mayoría de sus vecinos y con una serie de características geográficas e históricas que le convierten en una isla, el efecto podría terminar alterando algunas de sus posiciones en la relación con otros países.

No es un misterio que Chile ha tendido a mantener históricamente un perfil “único” dentro de la región, esforzándose por relacionarse en un esquema de igualdad con países mayores que él. Ha llegado, incluso, a sostener posturas retadoras con las potencias, sus alianzas han sido más bien implícitas y sus relaciones internacionales se han basado en la creencia de la “especificidad” o el “liderazgo de concepto” de su modelo.

Aún así y a pesar de la cierta lejanía e independencia que demuestra respecto de las corrientes imperantes en ella, el modelo chileno, sin embargo, ha sido presa de una serie de pensamiento, modas y estilos de los países desarrollados. Fundamentalmente de Europa y, en las últimas décadas, de EE.UU. Las políticas demográficas son un claro ejemplo de lo anterior.

Es en este marco histórico y de percepciones de política exterior que el desenvolvimiento poblacional desempeña un factor para los análisis de política exterior. Las interrogantes son diversas, aunque todas apuntan a resolver una pregunta de fondo: ¿Cuál y como será la viabilidad externa de Chile en 30 años? En otras palabras, ¿Será más seguro que hoy? ¿Estará mejor preparado para los desafíos económicos del futuro? ¿Tendrá más influencia política? ¿Qué efectos tendrá el debilitamiento poblacional en materias de seguridad externa? ¿Habrá espacio para que este fenómeno sea atendido globalmente o, en el mejor de los casos, debemos priorizar acciones regionales?

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Honduras, por Teodoro Rivera

El Mercurio, 15 de Julio de 2010

Hace algo más de un año el entonces Presidente hondureño, Manuel Zelaya, fue destituido por el Congreso de su país, generándose un conflicto interno de proyecciones internacionales. Zelaya había comenzado a aplicar el modelo bolivariano del socialista del siglo XXI, generándose una fuerte contienda con el Congreso, el Poder Judicial, los partidos políticos y las iglesias. Horas antes de que Zelaya ordenara realizar la consulta declarada ilegal por la justicia, fue detenido y enviado al extranjero. Luego, el Congreso siguió la línea de sucesión constitucional y nombró a Roberto Micheletti como Presidente de la República, quien ejerció dicho cargo por el tiempo que restaba al período presidencial.

El nuevo gobierno convocó a elecciones presidenciales y de congresales, resultando electo el actual Presidente, Porfirio Lobo, quien cuenta con plena legitimidad interna. Mientras que diversos países europeos y también Perú, Colombia, los EE.UU. y los países centroamericanos, excepto Nicaragua, reconocen su gobierno, otros países americanos se niegan a hacerlo y condicionan ello al retorno del ex Presidente Zelaya a Honduras con una cierta garantía de impunidad.

Las contradicciones y absurdos en este caso de conflictos son evidentes.

Tanto Zelaya como Micheletti pertenecían al mismo Partido Liberal, que en Honduras se ubica más bien en la centroizquierda, partido que se opuso al modelo bolivariano de gobierno y promovió la destitución del Presidente de la República. La internacional liberal, a la cual pertenece, denominó a Micheletti “el Libertador de las Américas” y lo designó Vicepresidente de dicha organización mundial.

Igualmente el Partido Demócrata Cristiano hondureño apoyó la destitución de Zelaya y hoy participa en el gobierno de unidad nacional del Presidente Lobo. La Organización Demócrata Cristiana de América manifestó su solidaridad con los poderes Legislativo y Judicial, considerando que tenían una incontrovertible legitimidad como las principales fuentes de garantía a la institucionalidad democrática, al Estado de Derecho y al respeto por el irrestricto ejercicio de las libertades fundamentales.

Habríamos preferido que la institucionalidad democrática no se resquebrajara, y que todos los poderes públicos se sometieran a la Constitución. El gobierno del Presidente Sebastián Piñera ha manifestado la conveniencia que la Carta de la OEA considere también la posibilidad de que la organización actúe en casos de quiebre democrático impulsados por los propios poderes instituidos, como hoy sucede en algunos países de nuestra región. En Honduras, el conflicto constitucional se produjo por una diferencia ideológica profunda, que enfrentó a los poderes del Estado, triunfando finalmente aquellos que apoyan una democracia representativa que respeta los derechos y libertades individuales y se atuvieron más a la Carta Fundamental.

El gobierno de unidad y reconciliación nacional compuesto por cinco partidos ha buscado de diversas formas lograr la paz y estabilidad democrática y hoy, más que portazos, requiere países amigos que colaboren con un proceso que se encuentra bien encaminado.

Si Chile reconoce que la elección presidencial y parlamentaria en Honduras fue democrática, entonces igualmente lo son los congresales y el gobierno electos. Por lo tanto, pareciera adecuado no condicionar un restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Honduras a la decisión de terceros países, que por razones ideológicas promueven un bloqueo a este país centroamericano exigen el retorno al país del ex Presidente Zelaya, como igualmente garantizarle impunidad.

El partido pendiente entre Chile y Honduras, por Juan Ignacio Brito

Mientras en el fútbol las cosas entre Chile y Honduras quedaron claras con el histórico gol de Jean Beausejour, en política internacional Chile está en deuda con el gobierno de Porfirio Lobo.

Pese a que el Presidente hondureño fue electo de manera impecable en noviembre y asumió en enero, dejando atrás la crisis que se desencadenó con la remoción de Manuel Zelaya en junio pasado, Chile todavía no reconoce su legitimidad.

No es algo fácil de comprender. El canciller, Alfredo Moreno, ha declarado que la elección de Lobo representa al pueblo hondureño, que Chile aspira a tener “relaciones con embajadores” con Tegucigalpa y que la nación centroamericana debiera terminar reintegrándose a la OEA, de la cual fue suspendida hace un año.

En la última Asamblea General de este organismo, celebrada a principios de mes en Lima, Moreno dijo que es “fundamental y urgente reincorporar al hermano pueblo de Honduras al sistema interamericano”. En la cita se acordó enviar una “comisión de alto nivel”  para que “analice la evolución de la situación” hondureña y presente recomendaciones al 30 de julio.

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La necrofilia ideológica, por Moisés Naím

La necrofilia es la atracción sexual por cadáveres. La necrofilia ideológica es el amor ciego por ideas muertas. Resulta que esta patología es más común en su vertiente política que en la sexual. Encienda su televisión esta noche y le apuesto que verá a algún político apasionadamente enamorado de ideas que ya han sido probadas y han fracasado. O defendiendo creencias cuya falsedad ha quedado demostrada con evidencias incontrovertibles.

Como todas, esta patología tiene casos más leves, y hasta cómicos, y otros más extremos y peligrosos. Tomemos a los seguidores de Mao, por ejemplo. “El comunismo es el sistema más completo, progresivo, revolucionario y racional en la historia de la humanidad… Solo el sistema ideológico y social comunista está lleno de juventud y vitalidad”, escribía Mao Zedong en su célebre Libro Rojo. Durante más de medio siglo, la Revolución Cultural entusiasmó a millones de seguidores en todo el mundo. Ya conocemos los resultados. El Partido Comunista Chino emitió en 1981 su diagnóstico final sobre la gestión de Mao: “Cometió errores de enorme magnitud y larga duración (…) y lejos de hacer un análisis acertado de muchos problemas, confundió lo correcto con lo incorrecto y al pueblo con el enemigo. En esto se centra su tragedia”. Unos 55 millones de chinos pagaron con su vida los “errores” de Mao. En vista de todo esto, cabría suponer que el maoísmo es una ideología muerta. Pues no.

Mientras China repudia a Mao y alcanza éxitos que él jamás imaginó, en otros países siguen surgiendo políticos que se enamoran con fervor suicida del maoísmo.

En Nepal, por ejemplo, hace tan solo dos años el Partido Maoísta consiguió los votos para tener gran peso en el Parlamento y llegó a controlar temporalmente el poder. En India, a finales de 2004, se anunció la creación del Partido Comunista (maoísta) como resultado de la fusión de tres agrupaciones políticas con un objetivo común: derrocar al Gobierno. Con presencia en 20 de los 28 Estados indios y el control de zonas ricas en minerales, donde la extorsión a las empresas les brinda 300 millones de dólares al año, los maoístas se han convertido en una importante fuerza política y militar. Manmohan Singh, el primer ministro, los considera “la principal amenaza para la seguridad interna”. En Perú, Sendero Luminoso, otro movimiento maoísta que le costó a ese país decenas de miles de muertos y que se creía extinguido, ha vuelto a reaparecer de la mano de los traficantes de cocaína.

Pero no es solo el maoísmo. Hay líderes que veneran ideas económicas que ya se probaron en sus propios países, con trágicas secuelas de atraso, miseria y corrupción. En Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, por ejemplo, es sabido que los funcionarios bien formados y capaces de desempeñar su trabajo con eficiencia y honestidad son muy escasos. Sin embargo, los presidentes de esos países están enamorados de un modelo que supone la existencia de una superabundancia de empleados públicos probos y competentes. Y cada vez que nacionalizan empresas, las ponen en manos de burócratas que no tienen ni la más remota idea de cómo gestionarlas y que las acaban haciendo naufragar, alimentando el círculo de destrucción de riqueza y pobreza crónica. Su amor por las ideas muertas es más poderoso que las pruebas que les llegan a diario de cómo ese amor le está haciendo daño a su país.

La necrofilia ideológica no solo afecta a las izquierdas. También es fácil encontrarla entre los fundamentalistas del libre mercado. Ni siquiera el cataclismo económico que estamos viviendo les hace cuestionar su convicción de que los mercados son eficientes, tienden naturalmente al equilibrio y que, por ello, la intervención de los Gobiernos para estabilizar las economías es innecesaria o contraproducente. O que los bancos pueden autorregularse y no requieren de mayor control estatal o que, por sí solo, el mercado generará los incentivos necesarios para proteger el medio ambiente.

La economía no es el único terreno fértil para la necrofilia ideológica. Basta recordar a los políticos que niegan la validez de la teoría de la evolución biológica y luchan por limitar la enseñanza del darwinismo en las escuelas, o a los defensores de la mutilación genital femenina o del uso del burka para apreciar cuán esparcida e intensa es la pasión por ciertas malas ideas.

El amor es ciego y el amor por ideologías que además ayudan a mantenerse en el poder no es solo ciego, sino también muy conveniente.
En el fondo, los necrófilos políticos aman más el poder que las ideas con las que manipulan a sus ingenuos seguidores.

Fuente: La Tercera, 12.o6.2010

Guatemala: Manuel Ayau, campeón de la libertad – por Alfonso Abril

¿Empresario, académico o político? Prefiero idealista y emprendedor.

Lunes 23 de septiembre de 1968, El Imparcial, diario independiente: “Por primera vez en la historia comercial e industrial de Centro América, se ha solicitado al Ministerio de Economía la rebaja de los aranceles de determinados artículos, a efecto de poder competir con calidad y bajo precio, y no obligar a los consumidores a obtener artículos nacionales a base de altos aforos a los importados.

La gestión en referencia fue hecha hoy por el Ingeniero Manuel Ayau, en representación de su industria Electrodos de Guatemala. ‘Yo considero –dijo el Ingeniero Ayau– que esa es la política que debe adoptarse en Guatemala, a efecto de ofrecer al pueblo consumidor artículos de buena calidad y bajo precio. También considero –agregó el Ingeniero Ayau– que rebajando los aforos de determinados artículos y materias primas importadas, se evita la proliferación de fábricas que ofrecen malos productos a altos precios, con lo cual no sólo se perjudica al país, sino se distraen capitales que podrían invertirse en otras y diversas industrias. Es por ello –dijo– que la industria que represento está dispuesta a producir sus artículos y competir con los importados a base de calidad y precio, y no obligar al consumidor a comprar nuestros artículos únicamente porque los importados tienen un precio mayor’”.

Hablamos de un gigante. Vea desde cuando ha luchado por los principios. El ingeniero Ayau ya logró cambiar Guatemala, con cambiarnos la vida a muchos. Todo un Don Quijote. Ingenioso campeón en la lucha por la justicia y la libertad. Ni revolucionario, ni reaccionario. Un visionario. Un caballero andante que vive y hace; que propone y empuja. Estudioso de Thomas Jefferson, creyente que el hombre más inteligente que haya conocido es Giancarlo Ibargüen, y adorador de su esposa Olga, como lo dedica en su libro, El Proceso Económico.

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8.8, Escombros en el Bicentenario, por Gabriel Pardo

El primer libro que interpreta políticamente el terremoto

Si habían aparecido publicaciones sobre el triunfo de Piñera y la derrota de la Concertación, ahora hay una que interpreta el terremoto. El momento que perdió Bachelet para cerrar la transición, la hora de hablar de “vivienda familiar digna” y el papel público que deben tener las empresas privadas recorren sus páginas.


“Michelle Bachelet podía mostrarnos que, veinte años después, los traumas habían pasado y que los militares formaban parte de la comunidad nacional y dudó. Ella podía, con su testimonio, decirnos que Chile, al fin, había superado con éxito sus divisiones, pero vaciló. El día en que la Concertación entienda la gravedad del gesto, quizás también entienda por qué perdió en las urnas”.

Es uno de los pasajes de “8.8°, escombros en el Bicentenario”, ante la demora de la Mandataria en solicitar la intervención de las Fuerzas Armadas tras la catástrofe.

Si había aparecido un libro sobre el triunfo de la Coalición por el Cambio (”La Estrella y el arcoiris”, de Andrés Allamand) y otro sobre la derrota de la Concertación (”Radiografía de una derrota”, de Eugenio Tironi), éste ahonda en una tragedia que marcó la vida de los chilenos tanto o más que un cambio de gobierno.

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Entre el populismo y la modernidad, por Juan José Garrido Koechlin

Cada vez se hace más notoria la polarización ideológica en la que se enfrasca América Latina. Debiéramos tal vez decir “se enfrascó”; sin embargo, aún quedan algunas interrogantes por descubrir. Por un lado, observamos –día a día- el avance del populismo mas primitivo en los planes del dictador venezolano Hugo Chávez y sus acólitos. Chávez, de la mano de ese plan totalitario llamado Socialismo al Siglo XXI, ha logrado socavar la democracia desde el interior de la misma, vía reformas progresivas en la Constitución; en un alarde fastuoso de mímica, Evo Morales, Rafael Correa y tantos otros yerran por el mismo tramo. Convenientemente, algunos otros mandatarios –léase Lula y Cristina “K”- se han prestado para hacer buenas migas con el chavismo, profundizando el populismo en sus respectivas naciones.

Por otro lado, hay una América Latina que ha optado por la modernidad; y por modernidad entendemos la concepción de una sociedad libre, plural, abierta al cambio y al desarrollo. Chile, Colombia y Perú son, probablemente, los mejores ejemplos de éste movimiento. Al populismo, por supuesto, la existencia de éstos ejemplos no le va nada bien. De ahí que la polarización ideológica este transitando sus horas más importantes.

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LAVAR LA SANGRE O cómo los socialistas limpian de sus crímenes a los terroristas, por Héctor Ñaupari

La reciente excarcelación en el Perú de la terrorista Lori Berenson pone sobre el tapete la vergonzosa tarea que llevan acometiendo los socialistas latinoamericanos desde hace décadas, cual es limpiar a terroristas y radicales de diverso pelaje de los crímenes que llevaron a cabo contra sus propios pueblos, a quienes supuestamente iban a liberar de la opresión.

Que el Che Guevara sea considerado un héroe, o el poeta Javier Heraud un luchador social, que los miembros de las FARC sean perdonados en Colombia o que se denomine intolerantes a quienes no quieren convivir con los terroristas peruanos del MRTA o el PCP–Sendero Luminoso liberados – pero no arrepentidos de sus asesinatos y secuestros – forma parte de una misma estrategia: que la opinión pública latinoamericana atenúe la dureza de su juicio contra quienes quisieron hacer correr ríos de sangre inocente.

Para lograrlo, se apela en primer lugar a la proverbial frágil memoria de nuestros pueblos. Se calla en todos los idiomas los crímenes cometidos por los terroristas. Se les borra de los libros de historia y de los materiales de enseñanza en los colegios. Estos predicadores del olvido intentan por todos los medios que nadie recuerde quién pedía mil Vietnam en nuestra región, se consideraba a sí mismo una “fría máquina de matar”, y fue el verdugo personal de más de cien cubanos, a quienes ultimó sin apego alguno al debido proceso ni el respeto a sus derechos humanos.  Si usted no lo sabe, estimado lector, es que tal empresa ha tenido éxito.

Además, se abusa de palabras como “reconciliación”, “perdón”, “justicia”, “paz” o “tolerancia”, hasta prácticamente despojarlas de contenido y pervertir su significado. Como las comadrejas, a quienes el mito nórdico creía capaces de vaciar un huevo sin quebrar la cáscara, los compañeros de viaje de los guerrilleros, buscan que sus defendidos sean honrados con estos términos y sus detractores acusados de las peores denominaciones: intolerantes, reaccionarios, derechistas y cómplices de las dictaduras.

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Argentina, por Francisco Tagle

Desde hace un tiempo, que de nuestros vecinos los que se llevan más titulares en la prensa son lo del norte. Las demandas marítimas, que tanto Bolivia y Perú le reclaman a nuestro país, uno por una salida al mar, el otro por la corrección de los límites en el Pacífico, esto acompañado de presuntos espías, supuestas carreras armamentistas y de vez en cuando, uno que otro discurso polémico e irresponsable de autoridades tanto bolivianas y peruanas como chilenas, han provocado que centremos nuestra atención en Lima y La Paz.

A esto debemos sumar el hecho de que la apertura económica y consiguiente desarrollo experimentado por Chile en los últimos lustros, ha llevado a que no busquemos modelos y éxitos a imitar en nuestro barrio, sino que más en nosotros mismos o en lejanas naciones de otras latitudes.

En mayo de 1810 el intenso clamor de los criollos argentinos, quienes sostenían que la autoridad del virrey debía caducarse y reemplazarse por una junta emanada desde el pueblo, se manifestó en una demanda enérgica de la ciudadanía que se agolpó frente al cabildo de Buenos Aires. Así, el 25 de mayo de ese año se declaraba la primera junta de gobierno de Argentina.

Desde ese entonces, el país trasandino, con el que tenemos una de las fronteras más grandes del mundo, ha servido de referente para Chile (no digo modelo, pero sí un referente a lo lago de la historia, en este sentido, mucho más que nuestros vecinos del norte). Tal vez no en la institucionalidad política -lo que se agradece-, pero sí en lo que dice relación con el nivel de educación del ciudadano medio, las ricas expresiones culturales (llámese tango, cine, rock, deportes, su “europeizada” capital, etc.) y su potencialidad económica, aunque esta última, hoy mermada.

Para ejemplificar lo que digo. En mayo de 1910 una delegación chilena, encabezada por el presidente de ese entonces, Pedro Montt, acudió a los festejos del centenario argentino. Según las crónicas de la época, los chilenos que asistieron quedaron impresionados con las celebraciones trasandinas, las que fueron calificadas como perfectas, lujosas y de excelencia. Esto provocaría que desde mayo hasta septiembre de ese año 1910, en los preparativos para las fiestas de nuestro centenario, se citase constantemente en tono de comparación el centenario argentino y lo que debía hacer Chile para que sus celebraciones estuviesen a la misma altura.

Si bien hay aspectos en los que Chile no debería mirar a nuestro vecino, sino que seguir su propio camino, especialmente en el plano de la institucionalidad política y económica (tal vez aquí sería bueno que ellos nos mirasen más a nosotros), de vez en cuando, no nos olvidemos de asomarnos por arriba de la cordillera porque aún tenemos muchas otras cosas que ver y aprender…

Fuente: http://blog.latercera.com/blog/ftagle/entry/argentina

Un proyecto para Cuba, por Joaquín Fermandois

Fuente: El Mercurio, 4 de Mayo de 2010

Es inevitable un cambio en Cuba. Esto se dice hace muchos años, y quizás el régimen sobreviva a la muerte de los Castro. Sin embargo, es poco probable, y las grietas erosionan cada día más las paredes del régimen. La epopeya militar con la que se fundó le augura al régimen de los Castro una duración vitalicia, en curiosa analogía con Franco en España, Tito en Yugoslavia y —es factible— Mugabe en Zimbabwe. Por añadidura, la isla es también una especie de encomienda de los Castro, un Estado cuasi patrimonial. Tras la muerte del líder máximo, a muchos nos agradaría presenciar un derrumbe estrepitoso, el regreso de los exiliados en gloria y majestad, la celebración de elecciones libres, la integración de la economía cubana a la dinámica actual, la abolición de los aparatos represivos y la desideologización de sus fuerzas armadas. Habrá una nueva Cuba. Todo muy bonito.

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