Chile en el Bicentenario: se abren oportunidades para el desarrollo
Fuente: Editorial de La Tercera, 31 de diciembre de 2009.
Las posibilidades que hoy tiene Chile para llegar a ser un país desarrollado son inmensas, pero alcanzarlas depende en gran medida de que el país realice un esfuerzo decidido por plantearse metas más altas y que todos los sectores de la sociedad asuman con responsabilidad las tareas que eso involucra.
Los grandes avances que Chile ha logrado en las últimas décadas en todos los campos -político, económico, social y cultural- deben ser el punto de partida de este nuevo esfuerzo, que reconozca esos éxitos, pero que aspire a un nuevo estándar de país.
Quienes tienen roles de conducción en nuestra sociedad, y por supuesto quienes asuman el futuro Gobierno, deben tener claro que los chilenos aspiran a niveles muy superiores de bienestar material y de condiciones de vida que los que han tenido hasta ahora. Por eso, el contraste entre las aspiraciones y los logros, puede ser fuente de tensiones al interior de nuestra sociedad en los próximos años.
Un primer desafío para la sociedad chilena es hacerse cargo de los cambios que se han producido en su interior en los últimos años, para que puedan proyectarse hacia el futuro en equilibrio con las bases más fundamentales de una sociedad madura. Los chilenos tienen hoy una actitud más tolerante, abierta al mundo y respetuosa de las diferencias y legítimas opciones que cada cual desea adoptar. Valoran la diversidad en todos los ámbitos. Exigen respeto por sus derechos, que se garantice el cuidado del medioambiente y que haya transparencia en las instituciones y autoridades.
Pero al mismo tiempo quieren que esos avances no signifiquen sacrificar en otros aspectos importantes de la vida en la sociedad. Por ejemplo, que instituciones como la familia sigan teniendo el rol que le cabe en la sociedad y en la educación de las nuevas generaciones; que la conciencia por lo derechos vaya unida también a la responsabilidad por el cumplimiento de las obligaciones; que el respeto por el medioambiente no se transforme en un obstáculo al desarrollo. O también, que la búsqueda de logros económicos vaya aparejada de mejoramientos en la calidad de vida de cada persona en su entorno inmediato y en las ciudades.
Una condición básica para lograr el desarrollo es contar con el crecimiento económico que el país requiere para financiar el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas y llevarlo al nivel de los países líderes en el mundo. En este campo, el impulso de país sin duda se ha debilitado, olvidando quizá que el éxito del que ha gozado y se le reconoce internacionalmente ha provenido siempre del esfuerzo: en una época para enfrentar los desafíos de la apertura económica; después para abrir espacios a la competencia en múltiples sectores de la economía y luego para asegurar equilibrios macroeconómicos y mantener una sana disciplina fiscal, sobre todo cuando los ingresos han superado cualquier previsión anterior.
Pero ahora esos logros son insuficientes y se requiere trabajar e invertir más, para superar las carencias existentes en materia de capital humano y productividad. No podemos depender de que el precio del cobre siga alto o vivir exclusivamente de las rentas que generen los ahorros del país. Si sólo logramos concretar el pronóstico de tasa de crecimiento reducidas, como se ha pronosticado para nuestra economía recientemente, lo que veremos en los próximos años es la disputa por repartirse ese escaso crecimiento, más que un círculo virtuoso de emprendimiento por liderarlo.
Para mejorar el nivel de vida de las personas que viven en la pobreza o que no alcanzan sueldos dignos en sus trabajos existen dos caminos: uno es el que da prioridad a los subsidios y que busca distribuir más equitativamente lo que existe; otro muy distinto es dar a las personas las capacidades para que ellas puedan lograr por si mismas una mejor compensación y logren participar por si mismos en el crecimiento.
No obstante, sólo podemos optar por este segundo camino si se brindan verdaderas oportunidades de contar con una educación de calidad. Hay aquí una ética mínima del desarrollo: la realidad mostrada esta semana por un reportaje de la revista Qué Pasa, donde alumnos que obtienen altos promedios en los colegios municipales luego no alcanzan el puntaje mínimo para postular a la universidad, no puede ser tolerada.
En lo político, hoy Chile puede exhibir con orgullo que ha logrado consolidar una democracia estable y con una paz política pocas veces vivida a través de su vida republicana. Los sucesivos gobiernos de la Concertación han hecho una enorme contribución al país al plantear reformas y cambios que han ido recogiendo las inquietudes de muchos sectores del país, en un ambiente de de consensos y equilibrios que han fortalecido nuestras instituciones. A su vez, los partidos de oposición han exhibido una actitud constructiva y alejada de los extremos que tanto daño causaron l país en el pasado.
Hoy sin embargo, la nación está entrando a una etapa diferente, donde más allá de cuál sea la opción que resulte vencedora en las próximas elecciones, deberá asumir el claro deseo de cambio expresado en la primera vuelta electoral. En ese cambio, lo central parece ser el deseo de que la administración del Estado sea capaz de solucionar los problemas que tiene el país, con equipos gubernativos renovados que inicien una etapa totalmente diferente, donde debe existir poco espacio para las excusas y donde las autoridades debe hacerse responsables ante los ciudadanos de su desempeño.
Así como se pide a las empresas y servicios que respondan ante los consumidores, ahora el Gobierno debe cumplir de la misma forma ante los ciudadanos. Resolver problemas tan agudos como la delincuencia, por ejemplo, ya no admite más análisis estadísticos sino que resultados concretos.
En esa evolución también hay una superación de las divisiones rígidas del pasado, que debe ser leída con cuidado por los actores políticos si aspiran a ser reconocidos como canales de participación.
Así como el país logró en su momento hacer reformas inéditas, transitar con éxito a la democracia y lograr acreditarse frente al mundo como un país que es capaz de progresar en paz, hoy debe consensuar el modelo de desarrollo al que aspira y la forma como pretende alcanzarlo.
Si bien las autoridades que asuman la conducción del país a partir del próximo 11 de marzo tendrán un papel preponderante en alcanzar estos objetivos, ellos van mucho más allá y deben congregar a toda nuestra sociedad y sus diversas instancias.
Este Bicentenario debe ser, entonces, la oportunidad propicia para que se asuma con decisión esta tarea.


